En mi ejercicio profesional
como Ingeniero de Sistemas de más de veinte años, he tenido la oportunidad de
ejercer diversos cargos dentro de la disciplina, desde la base tecnológica –
entiéndase: digitador, codificador, operador, soporte, etc., hasta cargos de
responsabilidad y gerencia como Gerente de Tecnología, Gerente de Proyectos,
Líder de tecnología, etc., que me ha permitido observar las actitudes y
comportamientos tanto propios como de mis colegas y de los usuarios o clientes
de los recursos de sistemas, informática y tecnología (en ese orden, según la
evolución del concepto en el tiempo) y cómo éstos afectan su desempeño laboral
y personal, dada la cada vez más alta penetración de la tecnología en nuestra
vida diaria, más allá de las fronteras de nuestra empresa o negocio.
Dentro de esa observación, he
podido constatar en particular que muchos de los ingenieros por cuyas labores de administración
y soporte de servidores, estaciones de trabajo, software operacional, de base
de datos, de misión crítica, redes, etc., son personas (yo también lo fui en
algún momento) que, tal vez debido a que la empresa donde trabajan pueda haber
invertido una cantidad considerable de dinero en capacitación certificada dada
la importancia de sus labores para el funcionamiento de la misma, y también por
sus ganas de hacerlo bien – hay que decirlo, sienten, viven y respiran tanto
esas tecnologías, que prácticamente las colocan como objeto de cierta devoción,
convirtiéndose en monjes de un culto a estas nuevas pseudo religiones. Para
ilustración, me permito denominar como “sectas” de tecnología las siguientes:
SAP, Oracle, Microsoft, Cisco, HP, Dell, entre otras.
A consecuencia, y como pasa en
cualquier tipo de culto religioso y profano, se puede presentar el fanatismo:
aquellos ingenieros que solamente viven y respiran por su pseudo religión y no
pueden (o no quieren) ver el para qué existe la misma, viven a su ritmo y a su
tiempo – cuando ellos digan se hacen las cosas, en largas jornadas de “oración
y retiro”, no se les ve sino en sus “templos” – sus cubículos repletos de
libros, artículos y consultas a páginas especializadas, y en permanente “comunión”
con sus compañeros que están cerca de estas altas esferas tecnológicas,
olvidando el resto de los colaboradores de la empresa a la que sirven, y más de
una vez, no se puede hablar con ellos para un problema, una situación, o hasta
tan siquiera algo trivial como es saludar.
No pretendo descalificar el
trabajo de estos profesionales porque, como mencioné, es importante y valioso
para la empresa cuando se demuestra aptitud,
pero sí quiero llamar la atención hacia su actitud,
entendida como la “Disposición de ánimo manifestada de algún
modo” según la Real Academia, y es justamente ahí en la disposición en que
se evidencia en estos casos, su carencia, en donde se olvida el para qué se
implementa una tecnología en una empresa – el contribuir con el propósito
misional de la organización en donde se implementan, y cuya elección sea el
resultado de un serio y concienzudo proceso de selección, o al menos es el
deber ser.
Además de que las tecnologías
deben servir a la gente para hacer mejor, más rápido y más eficiente un trabajo,
y no convertirlas en las Sociedades Secretas del siglo XX y XXI (algunas tienen
sus años), y para terminar, como dicen las abuelas, ¡De por Dios! Los
ingenieros somos personas que convivimos con personas, trabajamos con personas
y para otras personas. ¡Somos seres sociales! Y que conste que lo dice un
ingeniero de sistemas que todavía le apasiona la tecnología.